UN MINUTO
Desde que el dios Pfizer bajó desde el Olimpo al mundo testosterógeno, varita mágica en la diestra, a rehacer la vida repartiendo triangulitos azules de Sildenafil, se han cumplido de sobra los designios del mundo que imaginó Aldous Huxley: ya no hay ciudadanos alfa, beta y gama, según edad y relación con Eros, pues todos somos felices, todos cantamos alborozados, a todos todo nos resulta fácil y todos podemos ofrecer garantías ciertas de que la especie ya no desaparecerá por extinción natural, por una injusta inflación de vejez ni por una prematura inmolación de nadie en los odiosos brazos de Tanatos. No. Desde aquel histórico momento un alegre rumor (”¡Viva Pfizer!”, se escucha por lo bajo) recorre las edades recoloreando canas, desarrugando pieles, enderezando espaldas, eliminando bastones y, sobre todo, levantando lo que otrora resultaba imposible. Sí: ¡Viva Pfizer!
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