Cuando Caperucita decidió (al final verda­dero de la historia) aceptar una alianza libidinosa con el Lobo, y huir con él rumbo a lo más ínti­mo del bosque, fue porque no soportaba a la abuelita, que tenía meses hablando na­da más que de Leonel esto y Leonel lo otro. Cuando Pinocho se hizo guerrillero solitario (¡no sé por qué nadie cuenta esta parte!) contra el viejito Gepetto, fue porque no pudo aguan­tar ni un minuto más su terrible perorata elec­toral en favor de Miguelito. Y cuando Blancanieves aceptó ciertas sugerencias de Superman, y voló en sus brazos hacia aquel secreto e idílico reino del Polo Norte (lejos de los celos de Luisa Lane), fue por liberarse del tínguili tínguili tínguili de los jodidos siete enanos, que andaban como locos buscándosela con Amable. (Por eso, este fin de semana me dedicaré a leer puros cuentos infanti­les apolíticos. Y el que me hable de elecciones, ¡que se prepare!).